Comencé el año con mucha alegría; entusiasmo, con renovadas energías producto quizá de haber, por unos días, burlado a la soledad. Rodeado de familiares y más aún, de la inocencia y pureza de alma que existe en mi sobrino de 17 meses de edad.
Habiéndose ido todos a la cama; habiendo terminado una larga jornada de trabajo en la que como siempre se termina exhausto pese a haber compartido un rato ameno donde no hizo falta la pólvora y los abrazos que se confunden sin cesar, (Dejando a un lado la referencia de Aníbal Velásquez que año a año nos tortura;) procedí a hacerle frente a algo insignificante que por varios días me había tenido muy incómodo: extraer una pequeña paroniquia que no permitía libremente mi andar.
Decidido y con pinza en mano, guantes, anestesia local y sobre todo mucho valor; procedí. No fue nada fácil; tratándose sobre todo, que... No se tiene la misma energía y condición física que hace algunos años cuando por primera vez, algo así nos impidió andar libremente.
Lloré, sangré, sudé... ¡Maldije mi existencia... Maldije al universo entero! Fue entonces cuando finalmente... Vi cara a cara; lo diminuto e insignificante del peor enemigo que en los últimos días se había apoderado de mis pasos.
Aplicando un remedio para cicatrizar todo aquello que es superficial, que no llega al corazón... Seguí entonces mi camino. A marchar hacia todo aquello que aguarda por mí en este 2018.
Comentarios
Publicar un comentario